Los pecadores y criminales sexuales del clero católico
Esto está siendo escrito en marzo de 2010. Los medios nos bombardean con una noticia tras otra sobre los crímenes sexuales de los clérigos católicos.
Por Jorge Rodríguez Guerrero
Esto está siendo escrito en marzo de 2010. Los medios nos bombardean con una noticia tras otra sobre los crímenes sexuales de los clérigos católicos.
Una noticia cercana a nosotros los mexicanos es la del clérigo mexicano fundador de Los Legionarios de Cristo, ya difunto y famoso por su larga carrera de pederastia a quien algunos de sus hijos ilegítimos lo han señalado públicamente por haberlos violado sexualmente cuando eran niños.
Pero el mexicano no es el único sacerdote católico pederasta que ha hecho noticia en estos tiempos. Acusaciones de pederastia contra sacerdotes católicos se han dado en Alemania, Irlanda, Holanda, Austria, Italia, España, Brasil y Estados Unidos, para nombrar algunos países. Han llegado al Vaticano unas 3,000 acusaciones de pederastia cometida por sacerdotes en los últimos nueve años. En Estados Unidos la Iglesia se ha visto obligada a pagar muchos millones de dólares para detener jucios en contra de sacerdotes pederastas. Hasta el mismo Papa Benedicto XVI ha sido salpicado con las graves acusaciones contra su hermano, también alto dignatario católico.
Esto es lo de ahora y que ha trascendido a los medios. Pero la historia negra de los pecados sexuales del clero católico, que va desde amoríos con feligresas y monjas, hasta la pederastia, pasando por el homosexualismo, es muy larga y bien documentada. Cualquiera que haya leído sobre los Papas, sabe del caso del Papa Julio III, (1550) famoso por su homosexualismo y pederastia.
Por supuesto, ministros de otras fes han sido culpables de lo mismo. Aun predicadores en la iglesia del Señor han cometido pecados sexuales que han traído vergüenza a la hermandad. (Aquí me apresuro a dejar sentado que en la iglesia de Cristo todo pecador sexual --predicador o no-- es objeto de la disciplina, que incluye la excomunión para aquellos que no expresan y demuestran su arrepentimiento). Pero no es ni por asomo comparable el porcentaje de pecados y crímenes sexuales de los ministros no católicos y el de los de la Iglesia Católica Romana. ¿Hay alguna explicación lógica, razonable y bíblica para el fenómeno de la abrumadora cantidad de pecadores sexuales muchos de ellos además criminales sexuales en el clero católico? Yo pienso que sí la hay.
Podemos comenzar con un pasaje muy conocido de Pablo: "Pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga a su propia mujer..." (1 Co. 7.2). En relación con el tema que nos ocupa, Pablo está implicando que un hombre casado es mucho menos propenso a caer en la fornicación (toda relación sexual fuera del matrimonio, que incluye el homosexualismo y la pederastia). La generalidad de los ministros religiosos en los grupos religiosos no católicos están casados. Ninguno de los ministros católicos lo está. He allí la explicación.
Lo anterior nos lleva a pensar en que la generalidad de los hombres tienen necesidades y deseos sexuales. O hasta se puede decir de otra manera: Los hombres tenemos la necesidad de satisfacer esos deseos sexuales. En el caso específico de la generalidad de los sacerdotes católicos es lo mismo, pero ellos no saben lo que es ansiar llegar uno a su casa sabiendo que allí le espera su esposa. Ni saben lo que es soñar con una futura esposa. Pablo tenía de parte de Dios el derecho a una esposa al igual que los otros apóstoles (1 Co. 9.5). Los sacerdotes católicos no lo tienen porque "la Iglesia" se los arrebató al inventar la ley del celibato.
La Iglesia les quitó a sus sacerdotes el derecho de ser parte de un matrimonio, que es en donde Dios planeó que se satisficieran las necesidades sexuales, (Hebreos 13.4), pero la "madre iglesia" no les pudo quitar la necesidad de satisfacer los deseos sexuales, que también Dios les dio a los seres humanos. La negación de un vínculo entre el celibato y la conducta sexual de los sacerdotes por parte de algunos autores católicos es ridícula, inaceptable y pueril.
Esta natural necesidad sexual de la que estamos hablando la entendemos todos. Es por eso que muchos católicos se muestran "comprensivos" con los sacerdotes cuyas aventuras sexuales llegan a trascender o al menos se sospechan. Es por eso también que los mismos jerarcas de la iglesia se hacen de la vista gorda ante la conducta nada célibe de sus inferiores, sus iguales y sus superiores. Lo más que suele pasar en la generalidad de los casos es que el sacerdote sea cambiado de lugar, lo cual evita el escándalo pero de ninguna manera resuelve su problema. La nueva parroquia del sacerdote pecador es solamente el nuevo escenario de sus amoríos ilícitos o de sus perversidades sexuales. Allí también hay mujeres, homosexuales, jovencitos, niñas y niños.
Entonces, otra de las razones para la increíble cantidad de casos de homosexualidad y de pederastia, para no incluir los muy comunes de amoríos heterosexuales, es la tolerancia de la Iglesia. Si se compusiera el sacerdocio solamente de hombres llevando una verdadera vida célibe, habría muy pocos sacerdotes. Esta realidad obliga a la Iglesia a ser tolerante. Pero al serlo, viene a ser también hipócrita e inmoral.
Por supuesto la sencilla solución al problema está en abolir la ley del celibato, permitiendo el matrimonio a los sacerdotes. Si se hiciera así, ellos ya no tendrían que lanzarse por caminos tortuosos en busca de la satisfacción de sus deseos sexuales, que incluyen las desviaciones y los crímenes sexuales.
La gran ignorancia que hay sobre lo que la Biblia tiene qué decir en relación al tema del celibato hace que muchos católicos crean a pie juntillas que el celibato sacerdotal es un decreto divino. La jerarquía católica sabe perfectamente que esto no es cierto. Nadie puede encontrar en la Palabra de Dios una sola declaración que ordene el celibato vitalicio de los "ministros de la Palabra". Por supuesto un joven que siente el deseo de predicar la Palabra no tiene que estar casado antes de comenzar a hacerlo. Pero él sabe que tiene el derecho de "traer con él una hermana por mujer", 1 Co. 9.5. Y en la generalidad de los casos el joven predicador pronto hace uso de ese derecho procurándose una esposa. El mismo pasaje justamente citado nos enseña que con la excepción de Pablo, los apóstoles eran casados. También sabemos que Dios exige que los obispos estén casados y tengan hijos (1 Tim 3.2).
La ley del celibato es de origen humano y contraria a la voluntad de Dios. En realidad uno puede decir que la doctrina se originó en círculos demoniacos. Lea este pasaje bíblico: "Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad" (1Tim. 4.1-3).
Ningún hombre sincero que conozca y crea la Biblia puede ser católico. Esa Iglesia se enfrenta directamente a lo que Dios dice. Relacionado con nuestro tema, Dios dice que el obispo debe ser casado; ella dice: "No, debe ser soltero". Dios dice que prohibir el matrimonio es una doctrina de demonios; ella dice: "No importa, yo impongo la ley del celibato a mis clérigos". Esa es la Iglesia Católica.
Pero, ¿por qué la ley del celibato? Porque la Iglesia quiere disponer de la vida del sacerdote en forma total. Si él tuviera una esposa sus afectos y sus intereses estarían divididos entre ella y la Iglesia. En la generalidad de los casos el sacerdote casado tendría hijos, tal vez un buen número de ellos por causa de la doctrina católica que prohibe el uso de anticonceptivos. Por supuesto los deberes familiares impedirían que él pudiera estar totalmente a la disposición de la Iglesia. Luego, está el aspecto económico. Mantener una familia cuesta. La Iglesia se vería obligada a dar salarios adecuados a sus sacerdotes jefes de familia. Luego, aunado a esto está el aspecto legal de herencias y cosas relacionadas con que la Iglesia tendría que lidiar.
Por todo eso, mil veces mejor para esa institución que sus ministros no tengan una esposa. Si para satisfacer las necesidades sexuales han de hacerlo como cualquier pecador que no tiene su mujer, que así se haga pero con toda discreción. La cercanía con compañeros estudiantes seminaristas primero, maestros con alumnos jóvenes en el seminario, y ya después con otros sacerdotes y con mujeres solteras y casadas, y con niños y jovencitos en coros, escuelas, etc, los orilla a sucumbir a toda clase de tentaciones sexuales. De allí los amoríos, la homosexualidad y la pederastia tan comunes entre los sacerdotes católicos.
Por supuesto hay algunos sacerdotes que sí llevan una vida célibe. Hay unos pocos seres humanos que, para usar una expresión de Pablo, tienen don de continencia. Ellos seguramente viven una vida sin sexo tranquila y sin tentaciones, sean o no sacerdotes católicos. Pero todos sabemos que ellos conforman una minoría muy marcada.
El resto de los sacerdotes sin ese raro don que tratan de vivir el celibato sufren mucho, luchando día tras día contra el natural deseo sexual, siempre conscientes de que su situación no tiene solución. Las noches de estos desventurados son un infierno. Sus días son una perenne tentación con tantas mujeres (y niños y niñas) a su alrededor y ninguna esposa en su vida. Ellos están obligados a escuchar confesiones de pecados de carácter sexual en el confesionario. Habiendo sido puestos en medio de una constante lucha entre desear ser fieles a Dios y desear satisfacer sus naturales deseos sexuales, ellos se deprimen y se enferman de los nervios. Algunos de ellos se flagelan tratando de ahuyentar la tentación, pero como dijo el apóstol Pablo, "tales cosas no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne" (Col. 2.23). A esa terrible y perenne opción entre el pecado y el suplicio ha condenado la Iglesia a la generalidad de sus sacerdotes con su inhumana ley del celibato.
Para terminar: Usted y yo nos enteramos con cierta frecuencia de casos de sacerdotes que no pudiendo más con su triste vida "cuelgan los hábitos" en pos de una vida normal. Si eso hicieran todos los demás que no tienen don de continencia, la Iglesia Católica se quedaría con unos cuantos sacerdotes. Muy probablemente al ver la estampida, el Papa y los que lo rodean sentirían la necesidad de abolir la infame ley, causante de tanto sufrimiento y pecado.
Guadalajara, México, marzo 16, 2010
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